De safari por Sudáfrica

Otro sueño hecho realidad

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Finalmente llegamos al aeropuerto de Hoedspruit, el punto de inicio de otro viaje fascinante: un safari por Sudáfrica, a visitar el Parque Kruger.
Nos esperaba un taxi para llevarnos a la reserva. Adelante la ruta, a los costados tierra seca con pasto irregular, arbustos y árboles dispersos. Mi cabeza giraba de ventanilla a ventanilla y no sabía cómo demorar la sentencia “pero esto yo lo vi muchas veces”. Bastaba tomar la autopista Richieri y a Ezeiza, ¡pero a los bosques, no al aeropuerto! Encima mirando con atención, la mayoría de los árboles estaban rotos, partidos, retorcidos; era un cuadro desprolijo por donde se lo mirase. Fueron tres largos minutos de frustración que se esfumaron de golpe. ¿Qué hacía una girafa al lado del auto?. La vi, se me empañaron los ojos y sentí una emoción que irradiaba en mi pecho. Estaba sorprendida de lo que veía y más sorprendida con mi reacción.
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Íbamos a pasar tres días y tres noches en un complejo de ocho cabañas rodeadas por un cerco electrificado, según el mapa, en la Reserva natural Klaserie, según nuestros ojos, en el medio de la nada. El hospedaje incluía todas las comidas y los safaris. Dos veces por día salíamos de paseo en un jeep sin techo ni ventanas. La reserva es muy grande y a veces hay que andar por horas para encontrar animales. Nunca voy a olvidarme del primer elefante que vi. Imponente es la palabra, literalmente me dejó con la boca abierta. El elefante percibió nuestra presencia, nos observó y tras interpretar que no éramos una amenaza siguió sacudiendo el árbol para arrancar las hojas de las ramas y continuar alimentándose. Los elefantes duermen poco y comen todo el tiempo. ¡Hay que abastecer semejante estructura a base de hojitas!

A la persona que nos acompañaba, guiaba y cuidaba se la denomina “ranger”, el traductor de inglés de google lo rebautizó “guardabosques”. Pero no me convence así que lo voy a llamar por su nombre. Darryn manejaba el jeep por los caminos de la reserva y también se salía de ellos avanzando entre los arbustos con mucha destreza. Como un detective prestaba atención a las huellas, los sonidos y los olores para ubicar animales. Cuando encontraba uno, lo señalaba y empezaba a cantarnos sus características: nombre de la especie, sexo, edad aproximada y su interpretación de qué estaba haciendo el animal. En simultáneo respondía nuestras preguntas y esperaba a que nos cansemos de sacar fotos. Cuando le preguntamos ¿Por qué los árboles están todos destruidos? Elefantes- fue su respuesta. Los usan para rascarse y en invierno, cuando escasea la comida, los tumban para comerse las raíces. Son gigantes arrasadores. Nadie puede con ellos. Son amos y señores de su tierra. Viven su vida y mueren de viejos. La causa principal de muerte es de inanición porque cuando se les caen los dientes ya no pueden alimentarse. Nos contaron que, en esos casos, los elefantes más jóvenes mastican la comida para dársela en la boca a los más viejos. En contraste con esta ternura nos enteramos que en el safari eran los animales más peligrosos para los humanos. En promedio pesan cinco mil o seis mil kilos, un camión con acoplado en versión compacta. Tienen mucha fuerza y pueden alcanzar una velocidad de 40km por hora. Entonces con facilidad pueden derribar un auto, y nos sobraban las pruebas de qué pasaba con los árboles que obstruían su camino.

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Una mañana estábamos frente a dos elefantes macho y después se sumaron cinco más alrededor de la zanja con agua . Estaban jugando, chocaban y se empujaban, escuchábamos el “clac” de los colmillos golpeándose. Estuvieron varios minutos interactuando entre ellos hasta que en un momento uno se dirige directamente hacia nuestro jeep estacionado. CHAN! Darryn le dirigió un sonido en seco, el elefante dio media vuelta y se alejó. Quedamos todos sorprendidos con la escena ¿Qué pasó? La explicación fue que el elefante estaba de buen humor. Venía de jugar con los demás y quería jugar con nosotros.  El grito le dio a entender que no estábamos dispuestos a participar del juego y por eso desistió.
En otra oportunidad íbamos por un camino bloqueado por un elefante. Comía plácidamente de un árbol obstruyendo nuestro paso. Nos acercamos con el auto y nos detuvimos pero se ve que algo no le gustó porque se nos venía encima con paso firme. Veíamos como el elefante se iba haciendo cada vez más grande y el conductor inmediatamente clavó la marcha atrás. ¡Qué susto! ¿y si no arrancaba el motor? Eso sí que fue acción. Ni bien abandonamos su espacio privado siguió con sus asuntos.

safari sudafricaEn otra oportunidad íbamos por un camino bloqueado por un elefante. Comía plácidamente de un árbol obstruyendo nuestro paso. Nos acercamos con el auto y nos detuvimos pero se ve que algo no le gustó porque se nos venía encima con paso firme. Veíamos como el elefante se iba haciendo cada vez más grande y el conductor inmediatamente clavó la marcha atrás. ¡Qué susto! ¿y si no arrancaba el motor? Eso sí que fue acción. Ni bien abandonamos su espacio privado siguió con sus asuntos.
Parece una foto del dibujo enigmático ¿Cuántos elefantes hay en esta imagen?

 

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Cuando caía el sol, a todas las actividades de nuestro embajador, se le sumaba el rol de alumbrador, patrullaba con un reflector que iba cambiando de mano a medida que se cansaba. Curiosamente los herbívoros se molestan si son enfocados pero a los depredadores no les molesta el protagonismo teatral. Mi mayor susto lo viví con la luna de testigo. Íbamos tras los rastros de un leopardo. Nos salimos del camino, estábamos en la oscuridad entre los arbustos con el auto detenido mirando las copas de los árboles en busca del felino. No se veía nada pero de repente escuchamos ruidos Los ojos siguieron los oídos. Venían desde atrás. Los árboles se sacudían. Nuestras miradas inquisitivas obtuvieron respuesta: elephants! (en la versión original). Y entonces vi la película, movimientos en cámara lenta, primeros planos de las caras de terror de los protagonistas (incluída la mía) para cerrar con la pantalla en negro. Así lo viví, mucho miedo y ni me acuerdo de cómo salimos, pero lo que sí es seguro, es que huímos de ahí.
Pero en el safari no todo fueron elefantes. Un mediodía estábamos terminando de almorzar y avisaron por radio que andaban unos leones cerca. Largamos los cubiertos y salimos como bomberos. Camino, pasto, árboles rotos, sensación de desolación y más de lo mismo, pero unos minutos después había algo debajo de unos arbustos: dos leones recostados. Dos reyes de la selva. Dos Simba. Nos acercamos con el jeep a unos cuatro metros de distancia. Mirar a un león a los ojos y sentir que te mira. Miedo, adrenalina, esas fieras salvajes ahí con nosotros sin nada que nos separe. Los leones no comen personas, no aprendieron eso. Mamá león cazó antílopes, cebras y demás cuadrúpedos pero nunca a esos seres extraños que caminan erguidos con solo dos patas. Les traemos mucha curiosidad pero no nos tienen asociados con el alimento. Pero aún sabiendo esto, su presencia impone respeto. Sin embargo, enseguida sentí paz y sobre todo agradecimiento, de poder vivir ese momento, de estar ahí, de haber sido aceptada para compartir su siesta.

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También encontramos rinocerontes ¡da la sensación que tuvieran armaduras!. Los antílopes más comunes, eran impalas, para mi “bambies”. Tengo una sola foto de ellos observándome porque se escabullían muy rápido.  Eso de ser el menú de varios los hace muy huidizos. Pero también había antílopes kudu que son más altos y tienen cuernos largos en forma de resorte un poco estirado. De repente una jirafa cruzó la ruta adelante nuestro. Estaba fascinada con esa foto y prestando atención al encuadre para no cortarle las patas y que entre también la cabeza. Cuando abro los dos ojos se habían multiplicado. Dos, tres, cinco jirafas grandes y unas bebés. Perseguimos a una manada de perros salvajes. A nosotros no nos entusiasmaba tanto, perros vemos todos los días, pero los locales estaban fascinados porque quedan muy pocos ejemplares de esa especie. Había puerco espines, jabalíes, cebras y otros animales. Y casi más sorprendente que ver a las hienas fue escucharlas ¡qué bochincheras! Se disputaban la presa que le habían robado al leopardo que se nos había escabullido aquella noche. Vimos al clan dominante tironear la carne del impala y escuchamos el crujir de sus huesos. Comían solo tres y no dejaban que las otras de alrededor se acerquen. Las hienas no comparten alimentos entre clanes.  

Impalas, Parque Kruger, Sudáfrica

 

 

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¿Qué es un safari?

Un safari es andar en un auto, por un paisaje conocido, en búsqueda de animales ya tantas veces vistos en libros, películas, documentales y en vivo y en directo en los zoológicos o bioparques, como se los llama ahora. ¡Difícil de asimilar que todos esos elementos conocidos generaban una sensación completamente nueva! Suena paradójico pero un entorno natural no nos resulta nada natural.
Nuestro día cotidiano está regido por la  sociedad de consumo, vendemos nuestro tiempo, compramos lo que necesitamos (?). Pero en los días del safari no realizamos ningún acto de compra (el paquete turístico había sido pagado con un mes de anticipación). Estábamos en otro mundo donde mandaban las leyes de la naturaleza no las del mercado. Nos creemos dueños del planeta pero en esa porción de tierra de Sudáfrica no éramos colonizadores sino meros visitantes. Viajamos en kilómetros y retrocedimos en el tiempo, eran los animales los que reinaban. Y en vez de pensarlo como una inversión de roles: en nuestro mundo los encerramos en jaulas, en su mundo nos encierran en un jeep. Pienso que  son libres y son ellos quienes permiten que nos acerquemos, o no, y observemos su vida en silencio. Ahí entendí que fue esta convivencia pacífica y el respeto mutuo lo que me hizo emocionar aquel primer día.

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Fueron tres días agotadores. No entendía por qué si todo lo que había hecho era dejarme llevar sentada en un auto, comer y dormir, una y otra vez. Sin embargo, estuve atenta persiguiendo leones, jirafas, elefantes, hienas, perros salvajes, mapaches, chacales, leopardos, antílopes, jabalíes y rinocerontes para nombrar algunos ¿Cómo no iba a estar cansada? Cansada pero feliz.
De regreso a casa miré  por la ventanilla del avión y ví las casitas y las callecitas a lo lejos.  Me hicieron acordar a esas montañas de tierra del alto de una persona que había visto al costado del camino. Esas colonias de termitas eran mundos pequeños en mi mundo y desde lo alto también mi vasto mundo era algo muy pequeño.
 

Florencia Gonzalez Bazzano

Videos del Safari por el Parque Kruger

¿Así te lo habías imaginado?

 

 

Publicado en el suplemento Turismo del diario La Nación el 18 de junio de 2017.

Diario La Nación / Florencia Gonzalez Bazzano

 

Nuestro viaje por Sudáfrica comenzó en Johannesburgo, a donde llegó el avión y en este post te cuento mi percepción. Luego tomamos un tren nocturno hasca Ciudad del Cabo donde nos quedamos un par de días y de ahí tomamos un vuelo a Hoedspruit, uno de los aeropuertos cercanos al Parque Kruger.

4 comentarios de “De safari por Sudáfrica”

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