Diario de viaje: Vietnam

Sur de Vietnam

Llegamos en avión a Ho chi minh, ex Saigón como capital de la colonia francesa y ex capital de Vietnam del sur. Tomamos un taxi hasta una de las terminales de buses. El chofer tenía una uña meñique de por lo menos tres centímetros. Y por la ventanilla veíamos una invasión de motos por las calles y avenidas donde la cantidad era asombrosa pero no nos sorprendía porque había algo mucho más extraño que captaba toda nuestra atención, ¿qué hacía esa gente de mangas largas, pantalones, guantes y barbijos o pañuelos con 36° grados de temperatura? El abrigo no solo no era necesario sino que era contraproducente. ¿Y las caras ocultas? No estamos acostumbrados a no ver al otro, a solo observar su figura. Era una invasión de seres sin rostro. Casi todo su cuerpo cubierto del casco o sombrero cónico a los pies. Muchas preguntas pero en el idioma equivocado para obtener las respuestas.

Nuestro destino final era Can tho, el pueblo pesquero más al sur de Vietnam. La habitación del hotel tenía una imagen de un bosque con una pareja de ángeles entre paréntesis meciéndose en una hamaca. Una decoración occidentalmente cuestionable en un hotel familiar sin embargo automáticamente perdió el foco de atención al ver que el baño estaba en la terraza. La puerta de la habitación daba a la terraza abierta que inmediatamente tenía un inodoro, un lavabo con espejo y una bañera como de jacuzzi. Para cubrir tu desnudez de los edificios vecinos la ducha tenía unas maderitas con poca separación. También había plantas y un estanque con peces anaranjados como si fuera un jardín japonés. 

Contratamos una excursión por el río Mekong, la señora pasó a buscarnos y nos guió hasta su bote donde comenzaría nuestra aventura justo al amanecer. Nos proveyó sombreros tradicionales de paja para cubrirnos del sol mientras ella atendía el motor y direccionaba con un remo desde la parte trasera. La interacción se suscribía a intentos fallidos en idioma inglés y gestos y ademanes. El Mekong es el octavo río más largo del mundo. Navegamos a través de un mercado flotante. Cada negocio una embarcación, generalmente monoproducto, y tenían un mástil alto donde colgaba lo que vendía: un cartel que no necesitaba contar ¡directamente era! Ananá, repollo, carne con su correspondiente paleta espanta moscas a energía manual. 

Yo miraba hacia adelante, el bote nunca se detuvo. Me di cuenta que nos acercamos bastante al bote de ananá y en otra oportunidad a una isla con plantas. La sorpresa fue cuando nuestra capitana nos agasajó con un ananá dulcísimo y refrescante para cada una, pelado con estilo y manija tipo helado de sorbete. Yo no puedo pelar un ananá en casa sobre la tabla y con el cuchillo indicado y ella lo hizo en el aire sin desatender el vehículo. Seguimos andando, bajamos en un campo de arroz un rato, volvimos al bote y en otro momento nos obsequió una flor tejida con un colibrí en la punta que hizo con las hojas que había agarrado de aquella isla. Sin palabras, el multitasking en su máxima expresión.

La siguiente parada fue una fábrica de fideos de arroz, vimos cómo preparaban la masa, la cocinaban, la dejaban secar y la convertían en cientos o miles de fideos finitos. En el trayecto también pudimos pispear casas, vimos camas pero en vez de colchón tenían esterillas.

El paseo terminó al atardecer, almorzamos en el medio, y me hice una siesta porque veníamos de muchos días de viaje con un ritmo superior al que soportaba mi físico. Al planear un viaje al otro lado del globo terraqueo, al lugar más lejano posible, no queríamos perdernos nada y armamos una agenda muy apretada.

A la noche fuimos al centro, al mercado nocturno, en la basura acumulada de las calles había ratas y en los menúes de los restaurantes también. Palomas, ratas y anguilas eran parte de la dieta local. El “donde fueres haz lo que vieres” no aplica siempre para mí. Arroz con vegetales, por favor y rezar para que no haya estado en contacto con las carnes mencionadas. 

Al día siguiente paseamos un poco pero el calor me estaba derritiendo, sentía que mi piel se asaba y decidí volver a descansar al hotel. Mi amiga fue al museo sobre la guerra y volvió bastante decepcionada ¡no había ninguna explicación en idioma enemigo! Todas las descripciones en vietnamita.

Hanoi, norte de Vietnam

La siguiente ciudad fue Hanoi, ex capital del norte y capital actual de Vietnam. Mucha gente, muchas motos, callejuelas, cables y postes de luz enjambrados y a tan baja altura que los micros no pueden ingresar a la zona céntrica. No quisiera ser electricista y tener que detectar qué cable tiene problemas. Casas bajas con fachadas de colores. Eran días grises, pegajosos y estaba como para una campera liviana. Las veredas eran angostas. Se usaban para estacionar las motos en sentido perpendicular a la calle y para realizar todo tipo de actividades: empezando por comer en mesas y banquitos bajos, hasta lavar los platos con una manguera y palanganas, hasta cortar el pelo y hacer la manicura o belleza de pies. Visto por mis propios ojos y registrados por mi cámara.

Entonces como en esta parte de Vietnam la vida transcurre mucho en la vereda no queda espacio para los peatones que deben caminar por la calle.

Y cruzar las calles fue lo más desafiante que experimenté en el viaje. El “mirá antes de cruzar la calle y esperá a que no venga nadie” está muy arraigado en tu vida. Lo aprendiste, lo interiorisaste y jamás lo cuestionaste. Pero no aplica en Vietnam donde tenés que cruzar la calle aunque veas que vienen, principalmente, motos de todas las direcciones. La regla, expresada en la guía de viaje es, ¡avanzá a paso firme para que las motos puedan esquivarte! Te esquivan con gran destreza pero si hay algo que caracteriza a Hanoi es el aturdimiento de las bocinas. Me divirtió tanta adrenalina y a la noche caía desmayada en la cama.

Vietnam te sorprende, desafía tus sentidos y cuestiona tus certezas.

De todo el viaje por el sudeste asiático el hotel de Hanoi fue el más barato, 5 dólares por noche por persona y varias noches ni dormimos ahí solo dejamos las mochilas porque nos fuimos a un crucero por la Bahía de Halong, una de las nuevas maravillas naturales del mundo y porque despué a la montaña. El crucero fue el hospedaje más caro de todo el viaje, de todas maneras era económico contemplando que incluía las comidas, los traslados y la excursión en lancha hasta una cuevas.

Para ir a Sapa habíamos reservado por Internet un tren nocturno con camarote. Vino un chico a buscarnos al hotel en una moto nos acompañó hasta un taxi, le dio indicaciones y nos siguió. En la estación nos “estacionó en unos asientos” y de alguna manera nos dio a entender que volvería a buscarnos. En ese interín se me ocurrió ir al baño. Un baño con letrinas y sin puertas. El chico volvió a buscarnos, caminamos por encima de las vías, conté más de siete y nos ubicó en nuestro camarote. A la ida compartimos con dos señoras tailandesas, lamentablemente para mi descanso una traía consigo una orquesta de vientos con amplio repertorio en ronquidos. El tren nos dejaba a la mañana en Sapa pero habíamos organizado todo el viaje prestando especial atención en llegar a esa zona un domingo para visitar el mercado de trueque en el valle de Bac Ha. Nos convenía bajarnos una estación antes que el resto de los turistas y de ahí tomar una combi o moto para el valle, de esta manera llegábamos antes que el resto. 

El plan nos parecía perfecto pero no tuvimos en cuenta que el tren nos dejó en un descampado a las 5 de la mañana abajo de un farol y fuimos acorraladas por al menos ocho hombres que intentaban vender su servicio de transporte. Optamos por una traffic, su dueño nos cobró, nos hizo sentar y se puso a esperar a que pasen otros trenes a ver si captaba más clientes. Esperamos como una hora plagada de reclamos de nuestra parte y sonidos incomprensibles por respuesta. Se hizo de día y fuimos levantando más personas en el camino. 

En el valle vendían artesanías pero también pollos, bueyes, gallinas, peces, alcohol de arroz en bidones, carne sobre mesas. Una mujer me insistía para que le compre una gallina viva, yo, no, no, no y como no se daba por vencida la miré y mis gestos acompañaron mis palabras ¿qué querés que la meta en mi mochila? Creo que entendió porque tuvo una sonrisa cómplice. Al mediodía ya se empezaban a desmontar los puestos y nos volvimos en otra combi a Sapa que también nos cobró por adelantado y nos hizo esperar hasta conseguir más clientes. El camino estaba bordeado por laderas de montañas con terrazas de cultivos, igual que como creía que se vería Machu Picchu.   

Ya en Sapa hicimos trekking por las montañas acompañadas por las mujeres de las aldeas cercanas con sus hijitos colgados succionando caña de azúcar, riquísima. Tenían un repertorio en inglés limitado, te preguntaban el nombre, el origen, la edad y tu familia. Nosotras teníamos calzado adecuado y ellas con sus ojotas trepaban las cuestas, sorteaban el barro y nos ayudaban a atravesar el camino, sin olvidar que llevaban críos en la espalda. Ese acompañamiento de horas no es rentado y luego te piden que les compres sus artesanías. 

Volvimos a Hanoi y de ahí nos despedimos de Vietnam para seguir rumbo a Laos.

Luego, durante el viaje descubrimos porque estaban todos tapados en el sur de Vietnam, descubrilo.

Planificación de viaje a Tailandia, Vietnam, Laos y Camboya


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1 comentario de “Diario de viaje: Vietnam”

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