Cuando casi se hunde el barco

Estuve trabajando en un crucero seis meses y el título es literal. A veces casi nos pasan cosas y debemos estar agradecidos de que no hayan ocurrido. 

—Se me cayó la máquina de helados encima, la gente salió volando de las piletas, estábamos todos golpeados, gritos y más gritos, teníamos el agua a las rodillas— lloraba Anya y repetía oh my God, oh my God mientras intentaba calmarse. Ella estaba trabajando en el open deck, el piso 18, y bajó a su cabina al tercer piso cuando nos cruzamos en el pasillo.

Era 18 de julio de 2006 estábamos a dos días de terminar el crucero del Caribe por el oeste.  Yo estaba durmiendo la siesta, ya hacía casi cuarenta días seguidos que estaba embarcada trabajando en el crucero. 15.20 sonó la alarma porque a las 16 tenía que estar en el restaurant para empezar a organizar las reservas de la cena; yo era la recepcionista. Estaba maldiciendo por no poder seguir durmiendo cuando el barco empezó a inclinarse hacia un lado, de manera suave pero constante. Le pegué un grito a Swetlana, mi compañera de cabina, que dormía en la cama de arriba y solía desmontar la baranda. Instintivamente saltamos de las camas para atajar el televisor, los libros, los chalecos salvavidas que se caían de los estantes. Enseguida volvió a enderezarse el mundo, habrán sido treinta segundos reales vividos en cámara lenta. El barco ya estaba acomodado y desde nuestra cabina sin ventanas no había ninguna referencia exterior así que nos protegía la ignorancia. Estaba tranquila, no había pasado nada hasta que ese amable señor que cada día saludaba por altoparlante con una sonrisa en su voz y les deseaba un excelente día en el Caribe a todos los ladies and gentlemen dijo agitado y de manera entrecortada: “Atención a todos, Captain speaking por favor permanezcan donde están, tuvimos un problema con la nave y vamos a regresar al puerto”. Mi calma se iba agrietando con cada sílaba nerviosa del capitán.

Qué pasaba mientras volvíamos

Volvimos despacio a Puerto Cañaveral, de donde habíamos salido hacía una hora. Inmediatamente empezaron los llamados a los diferentes equipos de seguridad. Tenía que estar atenta si llamaban al mío, absolutamente todos los tripulantes tienen un deber dentro del plan de contingencias y se ejercita casi semanalmente en los simulacros. No nos llamaron. Los restaurants tenían nombres de tortugas ninja. Los anuncios pedían que por favor las personas que no estuvieran graves liberaran el medical center, que los cortados se reunieran en el Da Vinci, que los quemados fueran al Michellangelo y los golpeados al otro restaurant. 

Me llamó mi jefe a la cabina para pedir que vaya a mi lugar de trabajo a ayudar. Fui por el camino más directo con la mirada siguiendo las flores de la alfombra, no quería ver personas lastimadas y generar futuros recuerdos imposibles de borrar. En el restaurant no había un solo plato o copa sana, los únicos ilesos eran los cubiertos. Las mesas y las sillas todas arrinconadas patas para arriba, los floreros gigantes recostados, tierra y escombros por todas partes. 

Avanzábamos lentamente. Las estrictas reglas barquísticas se habían aflojado a partir de la inclinación indeseada. Así que cuando me aburrí de juntar pedazos salí a dar una vuelta. En roomservice no se veía el piso, parecía que había pasado un huracán, tazas, platos, frascos rotos, azúcar. Por otra parte, las escaleras, al lado de los ascensores, eran cataratas. Una escena de Titanic. Estaban drenando las cuatro piletas. Se vaciaron cuando se inclinó el barco pero antes generaron una especie de tsunami que sacudió a los bañistas que quedaron escrachados contra la pared de vidrio mirando el agua hacia abajo.

Salí al deck de los botes salvavidas para mirar hacia afuera, encima nuestro un helicóptero de la CNN. Decidí llamar a mis papás, si en Buenos Aires llegaba a haber pocas noticias iban a rellenar con este “cable” y se iban a preocupar por mí. Les avisé que estaba bien. No como mi amiga Alzbeta, que llamó a su mamá a Bratislava, hablaba y sollozaba en eslovaco, le pregunté en inglés qué le había dicho ¡que habíamos tenido un accidente y casi nos habíamos muerto todos! Mis papás me pedían que vuelva. Yo la estaba pasando bien y quería seguir mi aventura, confiaba en que se iba a resolver el problema porque a ninguna empresa le conviene tener un “naufragio en el placard.” Estaba segura de que hasta que no tuvieran la certeza de que estaba resuelto el problema no íbamos a seguir navegando.

A partir del minuto veinte segundos se empieza a inclinar

La llegada a Puerto Cañaveral

La llegada al puerto volvió a ser hollywoodense, esta vez película de acción, en el puerto nos esperaba el 911 con su equipo completo: policías, médicos y bomberos. De a poco empezaron a descender pasajeros, algunos caminando y otros en camillas.

Qué había pasado en el barco

¿Qué había pasado? Ni idea, nadie decía nada. Con cada persona que te cruzabas le contabas cómo lo habías vivido y escuchabas su versión. Esa misma noche la empresa nos ofreció pasajes de regreso a quienes quisieran desembarcarse sin importar cuál era la duración del contrato que habías firmado. Todas las personas que se golpearon o vieron gente lastimada se asustaron mucho y decidieron volver con sus familias. Los que como a mí, no nos pasó nada, no vimos nada, nos quedamos. 

Al día siguiente llegaron psicólogos para quien quisiera tomar una sesión, porque ese era el único espacio donde podría tratarse el tema, porque ahí NO HABÍA PASADO NADA. Había que seguir vendiendo tickets y transportando pasajeros de acá para allá para no cortar la facturación. Al no ser socia de la compañía no participaba de sus ganancias pero no puedo decir lo mismo de sus pérdidas. Mis finanzas se vieron afectadas por que el componente principal de mi sueldo eran las propinas, los pasajeros del crucero del susto bajaron no se tomaron la molestia de llenar el sobre de gratuity antes de bajar. Cuatro días más tarde, el 22 de julio se retomaron las actividades y fue llegando gente nueva para sustituir a los que se bajaron. Sin embargo fueron cruceros flojitos de pasajeros ¿Vos qué harías si te enterás que el barco que contrataste para tus vacaciones casi se hunde? Muchos cancelaron. Si estás por tomar un crucero, la página web Cruise Mapper enumera los accidentes que tuvo cada barco.

Con el silencio forzado y una rutina de trabajo extensa y demandante se fue olvidando el tema y todo volvió a la normalidad. Cumplí todo mi contrato, seis meses embarcada.

Lo que podría haber sido

Seis años más tarde, los noticieros nos mostraron lo que podría haber sido, Alzbeta no estaba tan errada. El 13 de enero de 2012 el Costa Concordia se inclinó hacia un lado y no pudo recuperarse, murieron 32 personas.

Qué pasó realmente

Nunca se me había dado por investigar que había pasado realmente hasta hoy. En Internet está todo. Encontré un informe de 104 páginas de la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte donde describe qué pasó y lo cataloga como un error humano. El segundo comandante quiso acomodar el barco porque en automático se estaba inclinando hacia la izquierda pero no supo hacerlo bien y el barco llegó a inclinarse 24 grados hacia el lado derecho. Se ve que se graban todas las conversaciones del puente de mando porque hay una transcripción. Figura la hora exacta incluidos minutos y segundos, quién habló y qué dijo exactamente. Me reí con un una línea que dice en inglés “palabras ininteligibles en italiano.”  Si se hubiera desencadenado la catástrofe ya estaba el guión de esa escena de la película. Había 3000 pasajeros abordo, éramos 1200 empleados, hubo 284 heridos leves, 94 fueron hospitalizados y 14 personas fueron heridas de gravedad.

Las medidas tomadas para que no vuelva a suceder lo mismo fue implementar una capacitación sobre la utilización del manejo del sistema automático.

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3 comentarios de “Cuando casi se hunde el barco”

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